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CHESTERTON, ESCIPIÓN, DON FRANCISCO PIZARRO Y ¿…?

Chesterton, ese eterno enamorado de España y lo español,(1) descansa sus fatigas de viajero desde el banco de una plaza (2) y en la observación de los alrededores fija su vista en un niño que entre alegre e inquieto centra su atención en la puerta de un edificio. La puerta se abre y entre los que salen por ella, humildes trabajadores que finalizaron su jornada laboral, corre el niño a abrazarse con uno que evidentemente es su padre. Los dos se alejan entre juegos y risas.

No puede evitar nuestro escritor pensar cuánta suerte tienen los niños españoles que juegan con sus afectuosos padres, a diferencia de los ingleses cuyo destino es un internado y la relación paternal es fría y distante.

Y como un rayo su pensamiento se traslada de la pérfida Albión a la noble España nuevamente. Recuerda que la plaza donde reflexiona se encuentra en la ciudad de Tarragona, la antigua Tárraco que sufrió la tiranía cartaginesa y la suerte de los niños españoles era terrible, muchos eran asesinados en brutales rituales en honor de los ídolos Baal, Moloch y Astarté, adorados por aquellos semitas procedentes de Asia y afincados en tierras africanas. Miles de niños fueron inmolados con indecibles padecimientos hasta su final descuartizamiento por aquellos perversos degenerados.

Hasta que llegó un hombre, se llamaba Publius Cornelio Scipio, nosotros lo conocemos como Escipión, el Africano. Con el filo de su espada terminó con la caterva asesina de niños y salvó a España de la oligarquía mercantil asiática para integrarla al Imperio Romano, del cual también nosotros los americanos somos descendientes.

Como todos los grandes hombres que forjaron nuestra esencia, Escipión es un desconocido para la mayoría de la población argentina. Lidell Hart que mucho conocía de militares y de hombres, lo llamó “un hombre más grande que Napoleón”.(3) Atención, no dijo un general sino un hombre, porque la grandeza de Escipión no se circunscribía a un solo aspecto, era totalizadora.

Necesitamos los argentinos otro Chesterton que se siente en una plaza y desde su banco contemple la bella catedral donde con seguridad debe recordarse constantemente, en estos aberrantes días, la severa advertencia de Nuestro Señor Jesucristo a los que escandalicen a los niños: “más les valiera…” Y enfrente el señorial cabildo, símbolo de mejores tiempos, cuando existía una próspera (4) y extensa Gobernación Intendencia, que gracias a los patriotas se desgajó en mil pedazos, uno de los mejores de ellos, Tarija, se lo apropió una potencia extraña y ése con el resto de los fragmentos, de la prosperidad pasaron de la riqueza a la miseria. Eso sí, a una democrática y presuntamente libre miseria.

Pero de pronto, el Chesterton redivivo recuerda que está en la ciudad de Salta (antigua “muy noble y muy leal” ciudad de San Felipe y Santiago de Lerma), capital de la antigua Gobernación Intendencia de Salta del Tucumán, en la plaza 9 de Julio (Antigua Plaza Mayor) y que si bien ha dirigido sus ojos primero hacia la calle España y luego a la de Caseros (repugnante nombre, por cierto), le falta mirar hacia las laterales, especialmente la calle Bme. Mitre (idem anterior), y donde se encuentra el Museo de Arqueología de Alta Montaña, allí se encuentran los cuerpos momificados de tres niños brutalmente asesinados y enterrados en las alturas del volcán Llullaillaco (5) “por la civilización maravillosa del pueblo originario” incaico. (Esa calificación de los asesinos es utilizando la jerga del progresismo liberal, el marxismo y el clero apóstata).

Todavía se puede observar en sus rostros el horror que les produjo la sensación de asfixia a estos pobres inocentes. Enternece verdaderamente ver sus piecitos cubiertos con un pequeño y rústico calzado. Pero la cosa es peor aún, se calcula en por lo menos trescientos cincuenta los hallazgos de restos de niños asesinados por la horda no originaria sino procedente de Asia con algún aporte polinésico (6) en honor de su satánico ídolo “Pacha Mama”.

Y la historia anterior, la de los niños españoles, parece repetirse. También aparece un hombre que no sólo portaba espada, de buen acero toledano esta vez, sino, lo más importante, que la descargaba golpeando a los sacrificadores de niños y envíandolos sin más al Infierno que quisieron recrear, con sus crímenes, en la tierra, y derribando de paso al infame Imperio con que tiranizaban a los pueblos.(7) (8)

Se llamaba don Francisco Pizarro, era un hidalgo extremeño, y nadie lo recuerda como el salvador de los niños de la América del Sur.

Ahora permítaseme introducirme en el relato. Estaba yo, en un intervalo de mis tareas pensando en la grandeza de Escipión y de don Francisco Pizarro, dándome cuenta que me encontraba en medio de una plaza (parece ser una constante eso de las plazas y también lo de las espadas) y que ésta es la Plaza de Mayo y frente a mí se encuentra la Casa Rosada, edificio del que salió el homicida proyecto de asesinar a los niños por nacer con total impunidad.

Esta vez los ídolos (9) eran la Libertad, el Progreso, la Democracia, el “debate que nos debemos”, la propiedad del cuerpo y unas cuantas falsedades más, que los imbéciles y perversos creen modernos pero son más antiguos que el pecado.

Miré a mi alrededor para ver si se cumplía la otra constante, la del hombre armado con una espada. Solo vi a unos granaderos portando esos aceros, pero parecían estar totalmente ajenos a mis preocupaciones. Se veían muy ocupados saludándose, tocando un cornetín y golpeando sus tacos. Sonreí, recordé mi niñez y los juegos con mis soldaditos de plomo. Parecían la antinomia de aquellos soldados que fueron Escipión y don Francisco. Quizás el hombre de mis preocupaciones no aparecería porque el proyecto de asesinar niños se frustró, por lo menos momentáneamente, pero sabemos que Satanás es muy insistente en el manejo de los bajos instintos de hombres y mujeres desde aquella vez, enroscado en un árbol, en el Paraíso.

En ese caso tal vez entonces aparezca el hombre.

Fernando José Ares

(1) Chesterton, un inglés de alma noble, amaba profundamente España. Nuestros “patriotas”, hijos de españoles, creían que España “sólo luto, llanto y muerte” sabía esparcir y que los españoles “escupían pestífera hiel”, según la letra de horrible mal gusto de la versión original del Himno Nacional Argentino. Pero todo lo de los herejes piratas encantaba a esa gentecilla.
(2) Gilbert K. Chesterton – “Ensayos” – Capítulo “Escipión el Africano” – Editorial Porrúa – México.
(3) Capitán sir Basil Lidell Hart – “Escipión el Africano” – Editorial Rioplatense, Bs. As. – 1974. El título original de la obra es elocuente “A Greater than Napoleon, Scipio Africanus”. Fue editada por Blackwood en Londres.
(4) Concolorcorvo – “El Lazarillo de Ciegos Caminantes”‒ Emecé – Buenos Aires
(5) El descubridor del enclave inca del Llullaillaco fue el coronel de la Luftwaffe Hans-Ulrich Rudel, quien acompañado, entre otros, del suboficial del Ejército Argentino de apellido Villafañe, y pese a tener una pierna amputada ascendió los 6.700 metros del volcán en tres oportunidades, entre los años 1953 y 1954, y descubrió las ruinas incaicas. El lema de este as de la aviación era: “Solamente está perdido el que se da por vencido”, muy digna de imitar por cierto.
(6) Alex Hrdlicka demostró la procedencia asiática, luego el filólogo Paul Rivet estudiando la lengua quechua hizo lo propio con lo polinésico.
Salvador Canals Frau – “Prehistoria de América” – Editorial Sudamericana, Buenos Aires ‒ 1950.
(7) Francisco López de Gomara – Historia General de las Indias” ‒http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/historia-general-de-las-indias–0/html/
(8) Uno de nuestros próceres oficiales, en el colmo del delirio que nos muestra como eran en realidad esos hombres, quiso coronar en uno de los tantos fragmentos en que Gran Bretaña partió nuestro Reino de Indias a un descendiente de los sacrificadores de niños, recreando el bestial incanato. Por cierto que la relación con los niños del personaje en cuestión fue bastante censurable si lo juzgamos en el estado de abandono y total miseria en que dejó a sus hijos Mónica y Pedro, luego de dilapidar la cuantiosa fortuna que heredó de sus padres. Y más cuando sabía que tenía un final anunciado ya que su enfermedad era incurable en aquel tiempo. Pedro, gracias a Dios, tuvo como tutor y tío al mejor hombre que naciera en estas tierras, quien lo cuidó, educó e hizo de él un hombre de provecho. En agradecimiento a su persona hizo suyo el apellido de su tío llevándolo junto el de su padre, siguió la carrera militar y fue el coronel D. Pedro Pablo Rosas y Belgrano.
(9) Ídolo proviene del griego “eidolom” y significa falsa imagen. Todas las supersticiones del hombre moderno son falsas imágenes, es decir ídolos: el progreso constante de la humanidad, el antropocentrismo, la democracia, la libertad, los derechos sin deberes, la igualdad, el materialismo, el liberalismo, el marxismo, el modernismo religioso, etc. Los hombres modernos no son un fenómeno actual, existieron en todas las épocas de decadencia de la cultura. Son esencialmente decadentes. Una verdadera rama putrefacta en el árbol de la humanidad.

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