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CIENTO CINCUENTA AÑOS DE INJURIAS

(La Masonería contra el Restaurador de las Leyes)

La presentación, por parte del Desgobierno que padecemos, del nuevo billete de 20 pesos, que reemplaza la clara y señorial imagen del Brigadier General don Juan Manuel de Rosas por un guanaco, es una nueva y directa afrenta masónica al mejor gobernante que tuvo en su historia la Nación Argentina.

En forma sistemática la masonería, a través de más de ciento cincuenta años y por medio del energúmeno tripunte de turno, descarga su odio y resentimiento contra el Gran Calumniado.

Largo y tedioso sería enumerar la interminable lista de ofensas descargadas sobre el denodado defensor del honor y el patrimonio nacional contra la codicia anglofrancesa. Desde erigir la estatua del enmandilado cipayo traidor y mercenario que con el auxilio extranjero tomó el poder, aquel degollador de los coroneles Chilavert y Santa Coloma y de toda una división de nuestro Ejército, la de Aquino, en los jardines plantados y desarrollados personalmente por el Restaurador, hasta, en nuestros días, la fastuosa celebración realizada por el tripunte teniente general Ricardo Brinzoni en el Palomar de Caseros, festejando la derrota del Ejército Argentino a manos de brasileños, uruguayos y renegados argentinos.(1)

Pero la vejación que merece ser evocada es la que tiene relación con el moderno guanaquito escupidor, y fue la erección de un Zoológico sobre el solar donde se levantaba su casa, en Palermo de San Benito. Esta ofensa, mezquina y tabernaria, fue obra de aquel masón Grado 33 que, como bien lo definiera Ignacio B. Anzoátegui, fue “el niño que nunca faltó a clase y el hombre que nunca tuvo clase”.

Lamentablemente los hombres que no tienen clase hoy en día son legión; la partidocracia, los medios masivos de comunicación, el clero modernista y la farándula prostibularia, son la genuina expresión de su triste y macabro monopolio.

Francisco Aguirrezábal

(1) Sobre la oscura subversión de las efemérides que padecía el teniente general citado, fruto de su pertenencia a la “Gran Logia Argentina de Libres y Aceptados Masones”, el poder de síntesis de un poeta arroja una potente luz, aclarando en solo cuatro versos lo nefasto de aquel 3 de febrero de 1852:
“Las tropas del Imperio mancillan nuestra tierra

y atada mi bandera, va al carro vencedor.

Jamás sufrió mi Patria tamaña desventura,

jamás la Azul y Blanco sufrió tal deshonor”.

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