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EL TAITA MAGNO DE LA HISTORIA VIVE EN OLIVOS Y ES COMANDANTE EN JEFE

Todos hemos disfrutado con ese personaje creado por la inspiración y el exquisito humor del Padre Leonardo Castellani, “el Taita Magno de la Historia Patria”, sus dislates seudocientíficos, su total impiedad y el oportuno trancazo que le asesta Sancho Panza, derribando sus insensatas teorías y por suerte al Taita Magno también. La fuerza del garrotazo lo dió vuelta en el aire, tirándolo “patas arriba en el suelo”…. “se le bajó la túnica azul y se vió que el infeliz, estaba en calzoncillos sucios”.

Desde que una certera inteligencia como la de Sancho Panza no gobierna esta desgraciada Ínsula Barataria, desde aquel infausto 3 de febrero hace exactamente 166 años, el Taita Magno de la Historia ha tenido tiempo en recuperarse y ahora vive espléndidamente en Olivos y es nada menos que Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, para mal de ellas.

Recientemente nuestro Taita Magno, Comandante en Jefe y Liquidador del Patrimonio de las FF.AA., invitó (Viniendo de un superior fue una orden que tuvo que ser cumplida) a un almuerzo a los oficiales del histórico Regimiento de Granaderos a Caballo.

Los condumios ofrecidos eran aceptables pero lamentablemente a nuestros granaderos se les cortó súbitamente la digestión cuando nuestro Taita Comandante, no pudiendo resistirse a su gran afición, la historia, les dió una clase magistral desde su silla o podio a sus uniformados educandos, sobre la virtud de nuestro más “grande hombre civil”, don Bernardino Rivadavia al repatriar los restos del creador del Regimiento de Granaderos, el general José de San Martín.

Pese a la importancia de tamaño suceso ocurrido, es necesario consignar que los oficiales del regimiento ignoraban totalmente el hecho. Es más, ni siquiera habían escuchado nunca que don Bernardino hubiera tenido tal proceder.

Incluso, seguramente por su educación militar, algunos tenían una idea distorsionada sobre un civil progresista como don Bernardino y pensaban que este había sido el más grande enemigo que tuvo el general, capaz de las peores bajezas para satisfacer su odio. Otros, extraído de algún libelo nacionalista seguramente, recordaban que el general en distintas cartas había opinado sobre Rivadavia: “Me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia, mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial la más completa”. “Yo he mirado esta conducta con el desprecio que merecen sus autores”; “La administración Rivadavia ha sido desastrosa, él me ha hecho una guerra de zapa para minar mi opinión suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro objeto que el de establecer gobiernos en América; yo he despreciado tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona”.

Y finalmente un grupo más pequeño recordaba todo lo demás y también sabía que Rivadavía había fallecido en Cádiz, España, en el año 1845, o sea cinco años antes que lo hiciera el Libertador, lo que hacía imposible que repatriara sus posteriores restos, mirándose asombrados por la ignorancia de su Comandante en Jefe, Primer Magistrado y Taita Magno de la Historia Patria.

La comida sumió a nuestros oficiales en la más profunda tristeza, la digestión, como ya dijimos, malograda. Su naturaleza valiente los hace capaces de cualquier quijotada pero su carácter forjado en la disciplina militar les impide descargar un sanchesco trancazo. De haberlo hecho quizás se hubiera comprobado que el Taita Magno de la Historia sigue teniendo los mismos calzoncillos sucios.

Sólo habrían musitado para sus adentros, con infinito dolor: “¿En manos de quién está la Patria?”

Francisco Aguirrezábal

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